Argentina, ¿un país generoso?

¿Argentina es un país generoso? No.

¿Pero por qué todo el mundo dice que lo es? Porque interpretan erróneamente el enunciado, al cual completan con un significante inexistente. Argentina es un país generoso para algunos.

Desearía que fuese generosa conmigo.


Desde la infancia, las instituciones (el Estado, las escuelas, los centros de capacitación, e incluso el más elemental: la familia)  nos enseñan que tenemos que ser responsables, estudiosos, solidarios y respetuosos. Sin embargo, ¿hay algún objetivo en ello? No lo sabemos con exactitud. Los jóvenes suponemos que es para tener un buen futuro el día de mañana, pero la realidad muestra un panorama muy diferente. Actualmente, nosotros nos preguntamos “para qué”.

  • ¿Para qué rompernos el alma estudiando siete (¡S-I-E-T-E!) años periodismo? Si después los productores eligen a una pibita que es famosa sólo por escribir un par de tweets frívolos, del estilo “para mí el vestido es blanco y dorado, soy lo más”, para conducir un programa radial a la mañana y otro televisivo de deportes. O peor aún: para qué si después preferirán a la prostituta que Robbie eligió en su estadía en Buenos Aires.
  • ¿Para qué aprender, leer libros, memorizar conceptos? Si después la sabiduría sólo es premiada en lugares como “Los Ocho Escalones” o “Escape Perfecto”, y no a través de un “estás contratado”.
  • ¿Para qué ser educado y respetuoso? Si cae mejor la persona que se le pasa insultando y puteando, como si aquello fuera un sinónimo de “me siento cómodo hablando con vos” en vez de “digo tantas veces la palabra ‘mierda’ que parece que cago por la boca”. ¿Para qué? Si vende más el amarillismo, las peleas mediáticas, las escupidas en cámara, y decir guarangadas por TV. ¿Para qué? Si la informalidad está de moda, incluso en el ámbito laboral. “Después de las seis de la tarde hacemos un after office. Tomamos fernet, gancia, y nos ponemos todos en pedo”, me dijo la licenciada en recursos humanos de una reconocida empresa de descuentos durante una entrevista laboral.

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Toda la vida nos inculcan que sólo “las personas aplicadas logran el éxito”. ¿Y saben qué? Me di cuenta de que nada de eso sirve en este país. Algunos argentinos se dan cuenta de que vivimos en el paraíso de lo absurdo, y quieren construir un lugar mejor y racional. Critican el modo de trabajar de aquellos empleados de la mesa de informes que no saben nada y te pasean por todo un edificio durante cuatro horas; critican la desinformación y la poca capacidad de expresión de algunos periodistas; critican las malas ganas que tienen de atender aquellas vendedoras de ropa que sólo hablan entre ellas; y critican el (mal)trato soberbio y pedante de esos “piojos resucitados” que ocupan importantes puestos gracias al clientelismo y el acomodo político.

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Pero como las palabras se las lleva el viento, caen en el suicidio cotidiano (en términos de Honor De Balzac) de la resignación. Los argentinos nos doblegamos no sólo al mal desempeño laboral que ejercen algunos, sino también a no tener el trabajo que merecemos; y dejamos que nuestras tripas se retuerzan cuando comparamos la cantidad de desempleados con ansias de trabajar y aquellas personas que ocupan puestos de mala gana.

Entonces, ¿podemos cambiar algo? Sí: nuestra actitud. Si sos de Recursos Humanos es como si tuvieras una varita mágica en la mano, pero los que no lo somos debemos recapacitar acerca de los programas a los cuales les damos rating, evaluar a quiénes seguimos en Twitter (¡o al menos razonar cuando marcamos un tweet como favorito, por el amor de Dios!), considerar si vale la pena comprar en un local donde te atienden mal, y pensar un poco antes de entrar al cuarto oscuro.

Porque, a fin de cuentas, nuestra actitud es la que pone en un pedestal a quienes nos rodean.

Pero shh, que quede entre nosotros.

El ciudadano en las crisis

Es lunes. Un ciudadano enciende el televisor para ver las noticias, y observa con atención los titulares que aparecen en pantalla: inflación, enriquecimiento ilícito, protestas, falta de empleo, pobreza; todo aquello como resultado de la radiografía de su país. Se preocupa, claro que sí, porque él es un buen ciudadano y no quiere presenciar el hundimiento de su país. Sin embargo, para sus adentros, sonríe.

En la actualidad, hay una tendencia a ver noticias desesperanzadoras con un tinte esperanzador. Los tópicos más negativos, como los mencionados en el párrafo de arriba, se revisten de optimismo cuando el espectador presiente que a partir de esos deslices gubernamentales el régimen no durará mucho tiempo en el poder, que caerá en las próximas elecciones o que sucumbirá ante una manifestación masiva, que los ciudadanos que ven todo perfecto se darán cuenta de lo que realmente sucede en el país, y que el reino infernal de los gobernantes corruptos podría cesar en cualquier momento. No obstante, esa pequeña alegría al ver cómo nuestro país se hunde ante un gobierno no nos deja ver lo elemental: básicamente, que nuestro país se está destruyendo. Más allá del régimen que esté presente, más allá del estar de acuerdo con sus políticas o no, hay una situación de crisis que nos está marcando, que puede afectar a las generaciones presentes y futuras. Que haya inflación y que los sueldos no alcancen, que más familias se vean desprovistas de  sus necesidades básicas, que la mayoría de la gente no pueda conseguir trabajo no es digno de festejo.

La gente espera el milagro. El lema “que se vayan todos”, que ya se escuchó en su momento, vuelve a sentirse en las calles de varios países como esa sirena que suena en momentos de catástrofe. Pero, ¿está seguro de querer aquello a cualquier precio? Muchos países en el mundo recibieron sus “milagros” cuando sus gobiernos fueron derrocados, y las cicatrices que dejaron fueron (y son) irreparables.

La memoria y el discernimiento del ciudadano, hoy en día, están en crisis: lo que es negativo se convierte en positivo, el derrocamiento se vuelve milagro, la enfermedad se torna cura, la democracia se traduce en un solo y único gobierno, la violencia y la intolerancia se transforman en el lema de la nación. Sí, el ciudadano (cuando ve una noticia), para sus adentros, sonríe, pero muy en el fondo de su corazón, llora.

Pero shh, que quede entre nosotros.